jueves, 13 de noviembre de 2014

A mí me gustaba más el calvo

¿Llevas un mes fuera de casa, dos sin actualizar el blog, y de lo único que se te ocurre hablar es del anuncio de la Lotería de Navidad 2014?

Pues sí. 

Y es que, señores, en la era de internet, un viral es un viral. Y contra eso no podemos hacer nada.

Y qué bonito, oigan, qué bonito y emotivo spot navideño que nos trae este año Loterías y apuestas del estado. Magnífica interpretación, sí señor, de los dos actores protagonistas. Es que una ve anuncios de este tipo y se lamenta de no haber estudiado publicidad.

Pero ya está. Por favor. Parad ya de compartir este video de 2 minutos y medio que en un día ya casi ha alcanzado en millón de visitas. ¿No es suficiente? ¿No teníamos bastante ya con las campañas navideñas de Campofrío? Un publicista tiene que vender, lo sé...  y Santiago Zannou se ha lucido esta vez.

El mayor premio es compartirlo, claro que sí. Seguro que el día 22 de diciembre, cuando haya vuelto a España, mi tendero de toda la vida se acuerda de mí y mi repatriación y me guarda un décimo premiado para que mi vida sea más digna. Claro que sí. ¡Qué buenos somos los españoles!

El mayor premio es compartirlo, claro que sí, compartir el 20% de vuestro premio con Hacienda.  Compartirlo con todos, al fin y al cabo, conmigo, con el tendero que nos vende el décimo y con todos esos grandes magnates que, por supuesto, también comparten los premios que muy merecidamente ganan con el común de los mortales españoles.

Por eso vuelvo a decir que a mí me gustaba más el calvo, amigos, y El café de estudiantes. Me gustaba ver cada diciembre esos anuncios en blanco y negro, con una excelente fotografía y que siempre finalizaban con "que la suerte te acompañe". Ya está. Fin de la historia. Sin moralina ni edulcorante. Pero claro, antes no existían los virales. 

Y sí, por supuesto, después de los anuncios del calvo, sigo prefiriendo una y 1000 veces más el anuncio del año pasado, sí, el de Pedraza, al de este año. Que, lo admito, es muy bonito, pero sigue siendo una gran-gran-gran mentira y, además, no nos va a dejar remakes tan geniales como este.

En fin, espero que os toque algo a todos los que tenéis algo de dinero y ganas para participar en este sorteo. Y que lo compartáis como el barista del anuncio ;).


martes, 26 de agosto de 2014

El parque jurásico de Monterroso

Cincuenta y cinco años han pasado ya desde que Augusto Monterroso publicó el que, hasta 2006, fue el relato más corto escrito en español.

Monterroso, que no tenía un pelo de tonto, de seguro supondría que El dinosaurio daría que hablar, pero estoy segura de que no pudo imaginar todo el alcance y repercusión que este microrrelato ha llegado a tener.
Ha sido objeto de múltiples investigaciones y ensayos y, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en un imprescindible de los reyes del postureo (el minimalismo es lo que tiene).
Esta entrada es un recopilatorio para ilustrar la que se ha liado a raíz de este microrrelato.

El dinosaurio (el original)

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

El dinosaurio

Cuando despertó, suspiró aliviado: el dinosaurio ya no estaba allí.

Pablo Urbanyi


¡Lagarto, lagarto!

Cuando el dinosaurio abrió los ojos, Spielberg ya estaba allí.

Nuria Barrios

El corrector

Cuando enmendó, la herrata todavía estaba allí.

Jaime Muñoz Vargas

El descarado

Cuando plagió, el copyright todavía estaba allí.

Jaime Muñoz Vargas

Otro dinosaurio

Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

Eduardo Berti

Y cuando despertó, el dinosaurio seguía allí. Rondaba tras la ventana tal y como sucedía en el sueño. Ya había arrasado con toda la ciudad, menos con la casa del hombre que recién despertaba entre maravillado y asustado. ¿Cómo podía esa enorme bestia destruir el hogar de su creador, de la persona que le había dado una existencia concreta? La criatura no estaba conforme con la realidad en la que estaba, prefería su hábitat natural: las películas, las láminas de las enciclopedias, los museos... Prefería ese reino donde los demás contemplaban y él se dejaba estar, ser, soñar.

Y cuando el dinosaurio despertó, el hombre ya no seguía allí.

Marcelo Báez

La culta dama

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio". Ah, es una delicia -me respondió- ya estoy leyéndolo.

José de la Colina

El dinosaurio

El dinosaurio estaba hasta las narices.

Hipólito G. Navarro



Las siguientes viñetas de Frank Arbelo ilustran diferentes interpretaciones de El dinosaurio.




Lo que me parece curioso es que, a pesar de ofrecer distintas visiones del microrrelato, en ninguna de ellas es el dinosaurio el que despierta. Debo ser muy rara, pero esa fue mi primera interpretación.

sábado, 23 de agosto de 2014

Saldría a pasear todas las noches

-Declaración de Marie-


Saldría a pasear todas las noches, porque la noche es muy bonita, lo mismo que la última hora de la tarde, que también es muy bonita, y eso es lo que hacíamos antes nosotros cuatro, el abuelo, Toby, Kent y yo, acabar nuestras tareas antes de que el sol se pusiera del todo y encaminarnos luego hacia el valle para pasear. El abuelo montaba sobre Kent, y yo cogía el pequeño bastón blanco que me compraron cuando las fiestas, y Toby empezaba a correr muchísimo y a saltar, y como es bastante tonto pues se empeñaba en ladrar a las golondrinas, pero las golondrinas se burlaban de él pasando junto a su morro a toda velocidad y silbando, porque, ya se sabe, las golondrinas silban cuando llega el atardecer y salen en busca de mosquitos. Atrapan los mosquitos y los almacenan en las alas y entre las plumas, y al menos en primavera se esfuerzan muchísimo, por las crías, claro, porque suelen tener familia, y cuando llegaba esa época el abuelo solía ayudar a la pareja que vivía en nuestro establo, abría el pico de las crías y les metía migas de pan mojadas en leche, porque aquella pareja tenía muchas bocas que alimentar, cinco crías nada menos, menuda carga, porque es lo que siempre dicen en mi casa, que hace falta mucho para vivir y que nuestra granja por ejemplo nunca nos sacará de la pobreza, y que yo no podré ir a la escuela de estudios superiores, y eso que soy hija única, pero, en fin, no me importa mucho, y además sólo tengo once años y aún falta mucho para la escuela de estudios superiores.
Pues eso es lo que hacíamos, dejar la granja a la hora de las golondrinas y encaminarnos muy lentamente hacia el valle, y el abuelo solía llevar la cinta métrica que mi madre utiliza para coser, porque mi madre es modista y de vez en cuando hace vestidos, y una vez hizo uno que era muy rojo para la maestra del pueblo, y a mí me gustaba muchísimo, muchísimo, pero a ese bruto de Vincent no, Vincent se burlaba del vestido y decía que la maestra lo había comprado porque estaba enamorada, y que parecía un tomate con gafas, y hasta hizo un dibujo en la pizarra, y luego la maestra nos castigó a todos.
Pero, como estaba diciendo, el abuelo solía llevar la cinta métrica, y era para medir el crecimiento de las plantas, y un día medíamos la alfalfa y otro día medíamos el trébol, y como el abuelo es muy viejo pues era yo la que se arrodillaba y ponía el cero de la cinta justo a ras de tierra, y entonces el abuelo hacía sus cálculos, y decía:
—Podemos estar tranquilos, Marie. Esta planta ha crecido siete milímetros desde ayer. El mundo sigue vivo.
A mí me daba mucha alegría escuchar aquellas palabras del abuelo, y a menudo me entraba la risa, y sobre todo un día me reí muchísimo, porque estábamos los cuatro en un campo de esa hierba tan rica que se llama alholva, midiendo, claro, y en eso que va Kent, alarga el cuello, y se come un manojo entero de alholva, justo el manojo que nosotros teníamos señalado con hilo blanco, porque, claro, nosotros medíamos una planta y luego le atábamos un hilo blanco, como señal, para saber cuál era la planta que debíamos mirar al día siguiente. Y el abuelo se enfadó con Kent, y le dijo que ya era hora de que aprendiera a ser respetuoso con su trabajo, y que si no aprendía le iba a quitar toda la dentadura. Pero apenas si le duró el enfado, porque Kent era un caballo muy bueno, buenísimo, y cuando le reñíamos se ponía muy triste muy triste, y te miraba con sus ojos grandes, y entonces nosotros le perdonábamos todo.
De esa manera, midiendo aquí y allá, llegábamos al puente donde vivía un murciélago, Gordon, y el abuelo decía que Gordon era un pájaro muy indeciso y que por eso tenía aquella forma de volar, siempre en zigzag, siempre cambiando el rumbo para al final quedarse donde estaba, y que la abuela era como Gordon, muy indecisa, y que por eso no salía nunca, ni siquiera para ir a la iglesia que está a dos kilómetros de nuestra granja. Y había otro pájaro que también vivía cerca del puente, Arthur, y Arthur era un tardón, se entretenía en los campos y luego siempre andaba a última hora, corriendo para que la noche no le cogiera fuera del árbol, y cuando pasaba sobre nosotros casi no lo veíamos, y entonces el abuelo levantaba la cabeza y le reñía:
—¡Hoy también llegas tarde, Arthur! ¡Ya son ganas de tener preocupados a los de tu casa!
Me gustaba más Arthur que Gordon, pero también me gustaba Gordon, o al menos no le tenía manía, pero el bruto de Vincent sí, a Vincent le fastidiaban los murciélagos, y un día cogió uno y lo llevó a la escuela, y luego le puso un cigarro encendido en la boca. Y como los murciélagos no saben echar el humo, pues se fue hinchando, hinchando, y al final le explotó la tripa y se murió. Y como era igual que Gordon pues me puse a llorar, y entonces el asqueroso ese de Vincent se burló de mí.
Después de cruzar el puente solíamos subir a un alto desde el que se ven las luces del pueblo y del ferrocarril, y entonces el abuelo abría la cesta de la cena, y yo comía primero un huevo duro, y luego tocino con pan blanco, y como postre una manzana. Solíamos cenar en silencio, descansando, y tanto Toby como Kent se tumbaban en la hierba, todos muy bien, siempre muy bien, y cuando llegaba el verano aún mejor, con los caminos llenos de gente y con viento sur. Además en verano nuestros paseos se hacían más largos, a veces no parábamos hasta las vías del tren, y un día vimos allí a la maestra; y como era de noche el abuelo y ella hablaron de las estrellas y del calor que hacía, y el abuelo le aconsejó que tuviera mucho cuidado con las serpientes.
Al abuelo le daban mucho miedo las serpientes, y era por eso por lo que los días de calor pesado solíamos ser cinco, los cuatro de siempre y una gallina, Frankie; pero era un problema porque a Frankie no le gustaba marchar por delante, y, claro, así no podía matar a las serpientes que nos amenazaban.
—¡Frankie! ¡Ponte delante! —solía gritarle el abuelo.
Pero Frankie era una gallina muy testaruda, y no le obedecía, y el abuelo se ponía furioso.
—¡Frankie! Yo no he traído una especialista para que luego se ponga la última —le chillaba.
Eso era lo que pensaba el abuelo, que la serpiente es muy maligna, y que mata a los pájaros, y que asusta a los caballos, y que chupa la leche de las vacas, pero que con las gallinas no tiene nada que hacer, porque las gallinas son especialistas en matar serpientes.
Y así anduvimos el último verano, en grupo de cinco, el abuelo montado sobre Kent y yo con el bastón blanco que me compraron cuando las fiestas; y luego ya vino el otoño y fuimos otra vez los cuatro de siempre, porque ya no había peligro de serpientes y Frankie se quedaba en casa, y seguimos paseando, siempre paseando, hasta el día en que la maestra nos llevó a la estación.
Aquel día estuvimos toda la mañana haciendo problemas de Aritmética, y todos nos portamos muy bien, incluso Vincent se portó bien, y a la maestra eso le gustó mucho, y nos dijo que como premio no daríamos la última clase, que en vez de eso iríamos a la estación a ver los caballos que habían reunido allí.
Así que fuimos, y yo no había visto nunca tantos caballos juntos, por lo menos habría doscientos, y como hacía bastante frío pues estaban todos echando humo, y de vez en cuando alguno relinchaba. Yo me fijaba mucho, miraba primero a un caballo y luego a otro, y los iba comparando con Kent, y me parecía que allí no había ninguno que fuera más bonito que Kent.
Entonces Vincent se acercó a mí, como siempre, claro, porque es un pesado y no me deja nunca en paz, ni en la escuela ni en ningún otro sitio, y aquel día lo mismo, se acercó a mí y empezó a decir bobadas, cosas de la maestra, que ya sabía de quién estaba enamorada la maestra, que del maquinista, del maquinista del tren que se iba a llevar a los caballos, que lo sabía porque les había visto dándose un beso, y en una de ésas a mí se me olvidó que estaba enfadada con él y le hice una pregunta:
—¿A dónde quieren llevarse los caballos?
—Los van a llevar a Hamburgo —me respondió riéndose.
—¿Por qué a Hamburgo?
—Pues para meterlos en un barco y mandarlos a América.
—¿A América? —le pregunté extrañada. Porque aquello no me cabía en la cabeza. Y Vincent me dijo que no frunciera el ceño, que cuando fruncía el ceño no parecía tan guapa. Y después de decir esa bobada miró hacia los caballos y dijo:
—A América, sí. A los americanos les gusta mucho la carne de caballo.
Fue en aquel momento cuando comprendí que todos aquellos caballos eran para el matadero, que harían el viaje y luego los matarían, y me puse muy triste, y ya no quise seguir allí. Regresé a la escuela a coger la cartera y luego empecé a caminar muy despacio hacia la granja, parándome aquí y allá, y recogiendo hojas secas, porque como era otoño todo el camino estaba lleno de hojas secas.
Llegué a la granja una hora más tarde, y vi que el abuelo estaba sentado junto a la puerta, y el abuelo también me vio, y entonces hizo un gesto muy raro, bajó la cabeza, ni siquiera me saludó, sólo bajó la cabeza, y de pronto me acordé de Kent, y me acordé de los caballos de la estación, y de lo que me había dicho Vincent, y eché la cartera al suelo y me fui corriendo al establo: allí estaba Toby, allí estaba Frankie, pero Kent ya no estaba.
—¡Habéis vendido a Kent! —grité entonces, y el abuelo también gritaba, y mi padre también gritaba. Y justo en ese momento oí ese silbido tan fuerte que hacen los trenes cuando les dan la salida.
Por eso no salgo a pasear de noche, porque nos falta Kent, y porque el abuelo es demasiado viejo para andar de paseo sin Kent, y como él se queda en casa pues yo también me quedo en casa, sin ir a la escuela además, porque eso también pasó, que la maestra se fue con el maquinista del tren y que aún no ha vuelto; y ahora ceno todos los días en la cocina, y ya no sé cómo van las plantas, cómo van Gordon y Arthur, y me da mucha pena cuando pienso que a Kent se lo ha comido un americano.


Bernardo Atxaga: Obabakoak



martes, 15 de julio de 2014

Palacio


Teníamos un baño sin plato de ducha y,
a falta de coronas,
nunca pudimos bajar al chino;

pero aquella alfombra
de pladur
custodiaba nuestro amor

y nuestro reino.


Blanca León González


La foto la hizo Panks

lunes, 7 de julio de 2014

Cosas que se escriben tras perderse en Spotify


Lo bueno de trabajar en una cafetería es que puedes beber gratis todas las tazas que quieras, siempre y cuando esa cafetería no sea un Starbucks. Jero se consuela diciendo que aquí viene gente mucho más guapa, yo prefiero pensar que estas bebidas tan fotogénicas contienen sustancias altamente cancerígenas y que nuestros superiores nos hacen un favor al obligarnos a pagar cuatro euros por cada una. Lo cierto es que a pesar de los horarios,  de la sonrisa puesta con pinzas y del rotulador que, pase lo que pase, siempre se me acaba destintanto, aquí no se está tan mal. Podría ser peor, podríamos estar en el centro.

Pasadas las horas puntas llegotardealtrabajoponmeelcaféde-unaputavez, estamos bastante tranquilos, y eso hace que ser amable con los clientes sea mucho más llevadero, sobre todo si has tenido el tiempo suficiente para darte cuenta del grupo al que pertenecen. Jero y yo hemos establecido unos cuantos: los funcionarios del desayuno, las mamás modernas, los adolescentes aspirantes a hipsters, los escolares extranjeros amantes del frapuccino, la hembra dominante y su pareja… La clientela de estos locales es fácil de identificar.

Como la chica a la que acabo de servir. La clienta perfecta para Jero. Un café latte, por favor. ¿Pequeño o grande? Pequeño ¿Algo para acom…? No, gracias. Estudiante. ¿Tu nombre? Raquel. Rebusca las monedas en su enorme bolso. Estudiante. ¿La clave del wi-fi? En su ticket. Recién llegada a la ciudad. Si tiene problemas para conectarse, me avisa. Busca asiento y espera el café mientras se ata las Converse. Estudiante. Raquel, por favor. Se echa dos azucarillos y se guarda otros dos en el bolso. Estudiante. Vuelve a su asiento, sola. Recién llegada a la ciudad. Abre su ordenador, un Mac, se recoge el pelo en una coleta, y en cuanto comienza a mirar la pantalla se olvida de la taza.

Con octubre comienza la época favorita de Jero. En este mes confluyen una serie de factores que provocan un incremento notable en su vida social: las noches cada vez más largas, las lluvias cada vez más frecuente, y la gran afluencia de sus clientas vips, como Raquel, que acuden a nuestro local recelosas de lugares más extraños y miran por la ventana lamentándose de que su recién estrenada vida en la capital se parezca tan poco a la de Carrie Bradsaw. Yo no suelo entrar en el juego, prefiero buscar la satisfacción de mi ego y mis ganas en otros lugares.

Por eso no entiendo por qué se me pasa por la cabeza que esta vez quiero que la cosa sea distinta; que Raquel deje de escribir o de mirar el Iphone y se seque los ojos, que acabe su café antes que la sesión de wifi, que recoja sus cosas y se marche antes de que Jero empiece su turno. O quizá quiero que sea más diferente aún y que se vaya ya, que se vaya ya y que justo antes de cruzar la puerta se vuelva a la barra y me pregunte cómo llegar a… o dónde encontrar un… y así poder decirle que acabo el turno en quince minutos y que...
-
- ¿Oye, cariño, nos pones dos capuccinos y un mocca?
 - Ahora mismo, el mocca ¿grande o pequeño?



Blanca León González







miércoles, 25 de junio de 2014

No consigo narrar... me paso al diálogo

        -          Lo que no entiendo es cómo después de todo lo que le ha hecho, va Trueba y le dedica el Goya.
        -          Igual era por los hijos… ¿no?.
        -          Es un cornudo, y ya está. Es que no sólo es que se fuera con Viggo, que a ver, yo lo entiendo, que no hay color… Pero lo de Soldados de Salamina, ¡vamos eso no tiene nombre! Anda, pásame eso, que lo estás haciendo mal.
        -          De todos modos, ha mejorado, ¿eh? Que en Cuéntame no sobreactúa tanto… ¿Qué pasa?
        -          ¿Ves Cuéntame?
        -          Pues sí, a ver qué va a pasar…
        -          No, nada, nada… Parece que ya va habiendo movimiento.
        -          Mira, sí, por ahí vienen. Y deja de poner esa cara. En mi casa se ha visto Cuéntame de toda la vida… ya es la costumbre.
        -          Yo sólo digo que tanto reírnos de Fredo y sus gustos musicales… y de repente llegas tú con esta perlita.
        -          No me… Tío, más cuidado, que lo viertes. Digo, que no irás a comparar a los bizarros esos con Imanol Arias, que es un actorazo.
        -          Serán bizarros, pero Cuéntame es caspa, lo mires por donde lo mires.
        -          Cada día eres más pedante.
        -          Tengo buen gusto, sólo eso. Anda, quítate de ahí, que te van a ver.
        -          ¡Como si no tuvieran otra cosa que hacer! Joder, esto no tiene fin.
        -          Ya te digo, ¡menuda se va a armar hoy! ¿De qué era esta?
        -          No sé, yo ya he perdido el hilo.
        -          Y tan contentos que van… ¿Sabes qué? Las manifestaciones tienen algo ridículo.
        -          ¿Ridículo?
        -          Sí, míralos… tan felices ellos, y eso que saben que se avecina una lluvia de palos. ¿Para qué tanto protestar? Si ya saben cómo funciona la cosa.
         -          A ver, esta gente se piensa que todavía pueden conseguir algo.
         -          ¿Con pancartas?
         -          Yo qué sé, tío.
         -          Mira, por ahí vienen ya las lecheras. Joder, tío, ¡yo pagaba por ver la cara que se le va a quedar a la Botella! Y hablando del rey de Roma… ¿Tú estás ya listo?
         -          Claro, ¿y tú? ¿Ya lo tienes?
         -           A ver qué remedio, manazas. ¿Te encargas tú?
         -          Venga. Pero échate para atrás, que si no va a ser un canteo.
         -          Vale, vale. Oye, todavía no, espera un poco, que se acerquen los anarcas.

         -          Ya, ya… Si están ahí mismo. Pásame el mechero y prepárate para salir cagando leches. ¡Joder tío, esto va a ser trending topic!



Blanca León González



miércoles, 11 de junio de 2014

Somos lo que hablamos

Una vieja tradición afirma que nuestra lengua es nuestra cárcel porque sólo podemos pensar lo que ella nos permite pensar. Si esto es así, cuando aprendemos un idioma extranjero nuestro cuerpo está doblemente encarcelado, y nuestro cuerpo, “es la más originaria fuente de nuestras ocurrencias; nos proporciona ocurrencias perceptivas internas y externas, nos introduce en el ámbito de las necesidades, los deseos, las tendencias, los valores”.





Pero aprender una lengua extranjera también implica una alteración de la propia imagen, la adopción de normas de conducta sociales y culturales distintas, por eso Crookall y Oxford llegan incluso a afirmar que “aprender una segunda lengua es en el fondo aprender a ser una persona social distinta”. El cuerpo ha de someterse de algún modo al código, que sirve como analizador y que nos ofrece la posibilidad de hacer objetiva, pensable esa realidad esquiva que se llama yo. La propia subjetividad es, por tanto, una de las realidades que el sujeto puede manejar con mayor o menor pericia gracias al lenguaje, pero esta mirada reflexiva necesita, sin duda, ser guiada por el código.

Extraído de: "Construir(se) con la palabra: textos y 
pretextos para la escritura creativa" (Isabel Iglesias Casal).



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