martes, 14 de junio de 2011

Me atrapa...

Después que se iban las monjas con su revuelo de trapos blancos y su leva de retrasados tomados de la mano, Blanca abrazaba furiosamente a su hija, la cubría de besos y le decía que había que agradecer a Dios que ella fuera normal. Por eso, Alba creció con la idea de que una normalidad era un don divino. Lo discutió con su abuela:
- En casi todas las familias hay un tonto o un loco hijita - aseguró Clara mientras se afanaba en su tejido, porque en todos esos años no había aprendido a tejer sin mirar -. A veces no se ven, porque los esconden, como si fuera una vergüenza. Los encierran en los cuartos más apartados, para que no los vean las visitas. Pero en realidad no hay de qué avergonzarse, ellos también son obras de Dios.
- Pero en nuestra familia no hay ninguno, abuela - replicó Alba.
- No. Aquí la locura se repartió entre todos y no sobró nada para tener nuestro propio loco de remate.

Isabel Allende: La casa de los espíritus

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