martes, 18 de septiembre de 2012

El adiós de la tirana


Me voy, dijo.
Y ese día en muchas casas se decidió descorchar una botella del mejor vino. “Esto hay que celebrarlo” “De buena nos hemos librado” “Ya sabía yo que esto llegaría”. Miradas ya por fin tranquilas y sonrisas de padres y madres que confiaban en que, a partir de ese momento, las cosas cambiarían a mejor; en que, al menos, sus hijos volverían a comer caliente.

Me voy, dijo.
En ese instante cientos de ojos se abrieron de par en par ante tanto desconcierto. “¿Por qué” Y las pocas palabras que todos escucharon fueron suficientes para saber que ese no era el día en que conocerían el motivo. “Se fue llorando” Dijo Lavender satisfecha. “Esa mujer no puede llorar. ¡Es demasiado malvada!” “¡Nigel! No digas esas cosas”. Pero la señorita Honey sabía que Nigel sólo se había atrevido a decir en voz alta lo que todo el mundo pensaba.

Me voy, dijo.
Algunos dicen que la vieron huir apresuradamente, sin decir nada a nadie, grande y orgullosa como sólo ella sabía ser, y portando aún entre los cabellos restos de la comida que los niños le tiraron desde la ventana.




Agatha Trunchbull abandonó, a la hora del almuerzo, la Escuela Primaria Crunchem. Lo que Matilda nunca se atrevió a contar a sus compañeros fue que, al día siguiente, comenzó a trabajar codo con codo con el Secretario de Estado para los Niños, Escuelas y Familias de Inglaterra.
Pocos años después, en las afueras de la ciudad se erigió una de las instituciones de enseñanza infantil más grandes de toda Europa. En ella, tras la pequeña alteración de algunas leyes, los métodos de tortura como el asfixiadero eran la atracción principal. 

18/09/2012
Blanca León González






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