domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuatro rayitos de sol

- [...] La gente desertaba cuando se le presentaba la ocasión.
- ¿Y usted por qué no lo hizo?
- ¿Desertar? - Miralles me miró como si su cerebro no estuviera preparado para procesar la pregunta -. Pues no lo sé. No se me ocurrió, supongo. En esos momentos no es tan fácil pensar, ¿sabe? Además, ¿adónde iba a ir? Mis padres habían muerto y mi hermano también estaba en el frente... Mire - levantó el bastón, como si un imprevisto viniera a sacarle del aprieto-, ahí están.
Ante nosotros, al otro lado de la verja que separaba el jardín de la residencia de la Rue des Combottes, cruzaba un grupo de párvulos pastoreados por dos maestras. Me arrepentí de haber interrumpido a Miralles, porque la pregunta (o su incapacidad de responderla; o quizás era sólo el paso de los niños) pareció desconectarlo de sus recuerdos. 
- Puntuales como un reloj - dijo-. ¿Tiene usted hijos?
- No.
- ¿No le gustan los niños?
- Me gustan - dije, y pensé en Conchi-. Pero no los tengo.
- A mí también me gustan - dijo, agitando el bastón hacia ellos-. Fíjese en aquel botarate, el de la gorra.
Permanecimos un rato en silencio, mirando a los niños. No tenía por qué decir nada, pero filosofé tontamente:
- Siempre parecen felices.
- No se ha fijado bien - me corrigió Miralles-. Nunca lo parecen. Pero lo son. Igual que nosotros. Lo que pasa es que nosotros ni ellos nos damos cuenta.
- ¿Qué quiere decir?
Miralles sonrió por primera vez. 
- Estamos vivos, ¿no? - Se incorporó ayudándose con el bastón-. Bueno, es la hora de comer.

Javier Cercas: Soldados de Salamina, Círulo de lectores, Barcelona, 2001. (pp. 197-198) 




Sencillamente una novela/relato-real/historia-metaliteraria/loquesea maravillosa.
Lo siento mucho, David Trueba,: la película está bien, pero ni a la suela del zapato.
(A ver si para dentro de un par de semanas me desaparece, por fin, de la mente la melodía de Suspiros de España)

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