lunes, 18 de febrero de 2013

¿Por sorpresa?


Fue en Noviembre de 2003 cuando se conoció la gran noticia. Por fin una chica del pueblo, inteligente y modesta pasaba a ser la princesa que tanto tiempo se había esperado. Dejaba tras de sí un ex novio indignado, una familia que siempre la apoyaría y mucha gente que, de pronto, parecía haberse olvidado de todos los rencores que le guardaban.

La estrategia era clara y esperanzadora: ella se convertiría a ojos de sus compatriotas en aquélla ingenua Bella que, con sus buenas intenciones y su honesta moral, transformaría a la bestia que hasta entonces reinaba en un hombre bondadoso y comprensivo con sus súbditos. Sólo unos pocos, como el librero de la aldea, se percatarían de que aquélla muchacha que tanto prometía se disponía a entrar en una lujosa –y asfixiante- prisión de hipocresía, sonrisas forzadas y vestidos bonitos. Pero ¿quién sería capaz de escuchar a esos cuatro locos apátridas? Tocaba preparar una gran boda, y eso era entonces lo que más importaba al pueblo que no leía.

Blanca León González


Esto es lo que pasa cuando alguien con poca imaginación tiene que  hacer un plagio literario para un taller de escritura creativa

lunes, 11 de febrero de 2013

El pánico a la hoja en blanco

Es uno de los motivos por el que jamás podré ser una buena escritora.
El otro es que no fumo, pero eso es otro cantar que quizá explique en algún otro momento. 

La cuestión es que hemos hecho el típico ejercicio de escritura creativa en el que se construye una historia a partir de un comienzo que se te da. Mientras que mi pánico a la hoja en blanco me impide escribir nada, este tipo de ejercicios me hacen sentir que no todo está perdido. 
El comienzo que he escogido en este caso ha sido el de En el camino, de Jack Kerouac. Ha salido esto:

Dean y yo


Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una gran enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuado que tenía algo que ver con la insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto. No obstante, esa enfermedad, de igual forma que mi mujer, me dejó al irse algunas buenas costumbres que pude mantener gracias a mi nueva soledad.

Una de ellas fue la de derrumbarme cada noche en el sillón frente a los clásicos de los canales siempre reiterativos de la televisión por cable. La noche que conocí a Dean, yo no sabía que se llamaba Dean, de hecho, durante las semanas siguientes el único nombre con que lo asociaba era el de Jett Rick.

No recordaba haber visto su cara antes, pero tras esa noche empecé a toparme con su imagen y su nombre por cualquier lugar: revistas, anuncios de internet, artículos de regalo… Dean, Dean, Dean, siempre joven, siempre a solas, siempre con su aire enigmático. Tan popular era en la sociedad y tan desconocido para mí, que comencé a obsesionarme con ese muchacho rubio que nunca envejecía.

Podría decir que, en cierto modo, Dean fue una de las razones por las que comencé a curarme: hacía ya un par de meses de nuestro primer encuentro cuando, en uno de mis paseos matutinos, me fijé en un cartel publicitario que (¡qué raro!) presentaba su cara en tecnicolor y me citaba para disfrutar de ella el próximo sábado en un modesto club social del barrio.

Estoy seguro de que si yo no hubiese conocido a Dean aquélla noche de tedio frente al televisor, si yo no hubiese comenzado a oír su nombre por todos lados y no me hubiese interesado por su vida, nunca hubiese llegado a sentarme en aquel banco sin respaldo junto a los dos hombres que, unas cuantas horas y cervezas después del cineforum, comenzaron a convertirse (casi sin que nos diésemos cuenta) en los mejores amigos que jamás he tenido.

La noche que conocí a Dean fue con una reposición de Gigante. Es lo que más curioso me parece de todo esto: la noche que comencé a vivir de nuevo fue gracias a la película que mi salvador rodó justo antes de morir. 


Blanca León González



Ya, sé que no soy constante en mis promesas: he vuelto a actualizar. :P
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...