lunes, 6 de mayo de 2013

Hay realidades mucho más brutales que cualquier ficción




A Luis Ramos Setién, compañero de viajes, canalla sutil

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La República Democrática del Congo, también conocida popularmente como RDC o Congo Democrático, es un país de África central, denominado Zaire entre los años 1971 y 1997. Situado en la zona de los grandes lagos de África, es el segundo país más extenso del continente, después de Argelia. Limita con la República Centroafricana y Sudán del Sur al norte, Uganda, Ruanda, Burundi, y Tanzania al este, Zambia y Angola al sur, y la República del Congo al oeste. Tiene acceso al mar a través de una estrecha franja de 40 km de costa, siguiendo el río Congo hasta el golfo de Guinea. El nombre "Congo" encuentra su origen en los nativos bakongo, asentados en las riberas del río Nzadi o Zaire, rebautizado en portugués como río Congo. La RDC es dueña de una rica y variada historia que se inicia con los primeros inmigrantes bantúes que llegaron a la zona, la cual se convertiría en el epicentro del gran Reino del Congo a mediados del siglo XV.

        -          Venga, vamos a ver si esto funciona. Verás cómo te gusta. ¿Te gusta? Pero no lo puedes tocar, que es muy delicado. No, no, no se toca. Así muy bien… Sí, las luces, ¿a que son muy bonitas? Verás que divertido. Vamos a ver a mi mamá; claro, yo también tengo una mamá, pero no está aquí. ¿Le vas a decir hola a mi mamá? A ver, cómo se hacía. Muy bien, muy bien… pero mueve más la manita. Así, así. Vamos a decirle: ¡Ho-la! Mira, parece que ya podemos. Vamos a llamarla, así. ¿Escuchas? Eso es que está llamando; a ver, cómo suena: puuuuu puuuuu puuuuu. Muy bien. Puuuu puuuu puuuu. ¡Ya está!... ¿Hola? ¿Mamá? ¿Me oyes? ¿Mamá?
        -        ¿Oiga?
        -        ¡Mamá!
        -          ¡Ay, qué lío! ¿Luis? ¿Estás ahí?
        -          Sí, Mamá, te escucho.
        -          Yo no sé si lo estoy haciendo bien. Te siento muy lejos.
        -          Es que hay muy mala conexión. Es muy difícil que la red funcione aquí. Bueno, ¿cómo estáis?
        -          Aquí andamos, hijo, con mucho lío, como siempre. Tu padre quería hablar contigo, pero es que como hoy era domingo… ya sabes. ¿Me ves?
        -          No Mamá, le tienes que dar al botón de la camarita.
        -          ¡Ay, no sé! ¡Ah, sí! ¿Uno que hay justo encima?
        -          Creo que sí, cuando le das se enciende una luz.
        -          Sí, éste es. Ya está. Tú sales como parado, Luis. ¿Eso por qué es?
        -          Es que entre que la conexión es como es, y que el ordenador no va más allá… pues eso. Y bastante es que funciona hoy.
        -          Claro, es que en esos sitios tú me dirás... ¿Cómo estás?
        -          No me quejo, mamá. No estamos teniendo muchos sobresaltos, así que se puede decir que bien.
        -          Entonces ¿Ya lo estás pasando mejor?
        -          Hombre, tampoco es eso…
        -          Mira que son ganas de sufrir, hijo… y de hacernos de sufrir a nosotros.
        -          Pero Mamá, si a mí me tratan muy bien, estoy bien.
        -          Pero si te estabas quejando.
        -          No me quejo. Sólo te digo que una cosa es estar bien, y otra es pasarlo bien.
        -          Pues eso te digo. Que si estás sufriendo, pues vuélvete ya. Que yo no he traído hijos al mundo para que sufran.
        -          Pero que no es eso, que yo estoy bien aquí. Estoy donde quiero estar.
        -          ¿Qué es eso que se ve?
        -          ¿El qué?
        -          Algo que tienes cogido.
        -          ¡Ah! .Es alguien a quien te quería presentar. Se llama Masika. Ya te hablé de ella la otra vez. Es nuestra princesita aquí.
        -          ¿Vuestra princesita?
        -          Sí, porque la estamos cuidando entre todos. Cuando llegué sólo tenía 4 meses. La tenemos super mimada. Te dije que te la iba a presentar un día.
        -          ¡Ay, cariño, no me acordaba! Es que hablamos tan de cuando en cuando… que las cosas se me olvidan.
        -          Es normal… Bueno, ¿qué te parece? ¿La ves bien?
        -          Algo se ve. ¡Vaya pelos!
        -          Jajaja, ya, se lo tenemos que cortar pronto. ¿A que es guapa?
        -          Hombre, es que no se la ve muy bien… ¡Hola, pequeña! Pero… ¡no dice nada!
        -          Mamá, que no tiene ni un año. Mira, te está saludando con el bracito.
        -          Es que no se ve, hijo. Qué pena. Y… ¿cómo es eso de que la estáis cuidando entre todos?
        -          Nació aquí. Fue Sebas quien la sacó, mi compañero…
        -          Ah, sí, el panchito.
        -          Es mexicano, Mamá.
        -          Ay, es que ya sabes que me hago un lío con tantos países, y como todos hablan raro… ¿a que me has entendido cuando he dicho “panchito”?
        -          Sí, pero tienes que hablar con propiedad, mujer.
        -          Bueno, bueno, pero no te enfades… Sebas, entonces. Yo pensaba que allí los hombres no podían atender a las mujeres.
        -          ¿Por qué?
        -          Por la religión, qué se yo. Como son más atrasados…
        -          Mamá, un médico es un médico en todos lados. Y más aquí.
        -          Ya, ya… Entonces, ¿la cuidáis entre Sebas y tú? ¿Y su madre?
        -          Su madre tuvo depresión post parto. La aborreció.
        -          Pues vaya madre.
        -          La depresión post parto es algo muy habitual.
        -          Pues Gema tuvo de eso cuando nació tu amiga Cris, y la crió igual. Estaba triste, pero no dejó de criarla.
        -          Ya, Mamá, pero no puedes comparar lo de Cris con lo de esta mujer.
        -          Son madres, igualmente.
        -          La madre de Masika llegó aquí medio muerta, Mamá...
        -          Pobrecilla… Pero Luis, tú tienes que ayudarla a que se ponga contenta. Tiene suerte de haber sobrevivido y de tener a su niña. Tiene que quererla. ¿No le dices nada?
        -          En ello ando, Mamá. Pero no quiere hablar, mucho menos mirar a la niña…
        -          Pues vaya infancia va a tener la pobre.
        -          Mamá, ella no se da cuenta. Ni siquiera la reconoce como su madre… Además, que ya te he dicho que la tenemos como a una reina entre todos. Yo diría que es la que mejor se lo pasa aquí.
        -          Aun así, sin una madre…
        -          Pero es como si tuviese muchas madres, ¿no entiendes? Entre los médicos, las enfermeras… Es nuestro juguetito. Además, que como es tan salá, hay mujeres que la quieren mucho y siempre quieren estar con ella… La quieren como a una hija.
        -          Ya veo… ¿tú crees que será bueno para ésas? Digo, las que no pueden…
        -          Para muchas sí que es bueno, están viendo cómo una niña crece feliz, y dentro de lo que cabe, a salvo. Eso las reconforta, les da esperanzas. Pero hay otras, como su madre, que no la pueden ver… todavía les duele mucho.
        -          ¿Qué le pasó a su madre?
        -          Al parecer la tuvieron secuestrada más de dos años.
        -          ¿Los Mai-Mai, otra vez?
        -          Siempre son los Mai-Mai. Aquí sólo nos encargamos de eso.
        -          ¿Y estaba ella sola?
        -          La encontraros sola, sí. Se había escapado. Pero ya te digo, casi muerta. Le habían dado una paliza.
        -          ¿Y la niña?
        -          Estaba de cinco meses, pero no abortó. La niña nació bien.
        -          Menos mal… Ay que ver, con los Mai-Mai. Con el nombre tan gracioso que tienen y lo malos que son luego.
        -          Si yo te contara… aquí tenemos cada historia…
        -          Y tú las tienes que saber todas, ¿verdad?
        -          ¡Qué remedio! Ojalá llegue pronto alguien más, a veces acabo tan saturado…
        -          Pero Luis, irse tan lejos sin cobrar… es que normal que estéis tan pocos. Y si no va ningún otro… ¿tú no puedes volverte?
        -          Mamá, no voy a volver de momento. Aquí hay mucho por hacer, y ellas ya me empiezan a perder el miedo. Es ahora cuando puedo empezar a trabajar en condiciones.
        -          Eres demasiado bueno…
        -          No digas eso, mujer.
        -          Tú de vez en cuando acuérdate de mí, hijo. Que estoy siempre en vilo pensando en cómo estarás. Que eso está muy lejos y casi nunca hablamos…
        -          Qué más me gustaría a mí poder llamaros más. Pero entre que sólo tenemos un ordenador para todos… y la conexión…
        -          Ya, ya, la maldita conexión. Lo que te decía, hijo, que allí es todo un atraso. Si yo también lo pienso… Que a esa gente le ha venido Dios a ver con vosotros…         
        -          Tanto como Dios… No podemos hacer tanto…
        -          Y… ¿qué vais a hacer con la negrita? Porque digo yo que cuando crezca no podrá seguir así de mano en mano.
        -          Bueno, si la madre sigue sin quererla, una de las opciones es que siga con nosotros, como la hemos estado criando.
        -          Pero hijo, eso no es educación ni es nada…
        -          Es mucho mejor que cualquier cosa que le pueda suceder fuera, Mamá, que no te haces una idea de cómo son las cosas aquí. La otra opción es que alguien se la quiera llevar, si se va, claro…
        -          ¿Cómo es eso?
        -          Pues por ejemplo, si yo decido volver a casa, llevármela como mi hija… arreglar los papeles y que se venga conmigo.
        -          ¿Pero tú harías eso?
        -          ¿Por qué no?
        -          Hijo, no sabes lo que dices. Si es que  eres demasiado bueno, siempre te lo he dicho. Y te meten pájaros en la cabeza y tú tan contento. Si vuelves a casa con la negrita no vas a tener más que complicaciones.
        -          ¿A qué te refieres?
        -          Pues que criar a un hijo no es moco de pavo, hijo. Y además de otro país, que le tendrás que enseñar todo, se tendrá que adaptar. Y tú mientras buscando trabajo aquí, que las cosas están muy mal; y mantener a un niño cuesta mucho dinero. Y además, que con una niña, y encima adoptada, vas a tener más problemas para encontrar una mujer que… Porque… ¿no te habrás enamorado ahí? ¿Verdad, Luis?
        -          No Mamá, no me he enamorado de nadie.
        -          ¿Seguro? En ese sitio hay muchas mujeres, y todas solas. Y con lo bueno que tú eres y lo bien que las tienes que tratar… Seguro que más de una te quiere pescar, hijo.
        -          Mamá, las mujeres de aquí no pueden enamorarse.
        -          ¡Anda! Y ¿por qué no?
        -          Porque han matado a sus maridos, Mamá, y a sus hijos, y las han violado, las han convertido en esclavas, las han mutilado… y bastante conseguimos con que lleguen a quererse algo a sí mimas si sobreviven a esto.
       -          Luis, hijo, no me cuentes esto así, que sufro mucho; no te enfades conmigo… si yo las cosas te las digo porque te quiero…
       -          Ya, Mamá… En fin, cuéntame qué tal por allí, que no me has dicho nada. ¿Hay alguna novedad?
       -          Pues no sé… Ya te he dicho, como siempre, con mucho lío. Rita ha vuelto a suspender biología, no sé qué vamos a hacer con ella.
       -          Todavía le queda septiembre ¿no?
       -          Sí, menos mal. ¿Te acuerdas lo bien que se te daba la biología, hijo? Hubieras llegado a médico si hubieses querido. Todo lo hacías bien.
       -          Hombre, lo mío no está tan mal ¿no? Algo de médico tengo.
       -          Claro, claro… ¡y lo bien que escuchas! Eso también ayuda a curarse, y no lo hacen muchos médicos… ¡Ah, bueno! Y tu padre está muy preocupado.
       -          ¿Qué le pasa?
       -          Pues que ha habido unos atentados en una maratón de Boston, se murieron tres, creo. ¡Una desgracia! ¡Pobrecillos! Y ahora se rumorea que la Botella quizá cancele la de Madrid; y, claro, tu padre lleva un disgusto encima...
       -          Vaya, con lo que estaba entrenando...
       -          A mí me da una pena enorme, hijo. Esa gente que su ilusión era correr, que eso no le hace daño a nadie, y van y les matan. Una pena, hijo, a mí esas cosas me dejan destrozada, de verdad… Aquí lo estamos sintiendo mucho, ¡y eso que América está lejos! Pero que no se me quitan de la cabeza las pobres familias, lo que deben estar sufriendo… ¿Hijo?... ¿Estás ahí?... ¿Me oyes?... ¡Vaya por Dios, ya se ha cortado otra vez…!

Cuando la realidad supera la ficción, no hay final sorprendente que la salve.

 Blanca León González



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