miércoles, 25 de junio de 2014

No consigo narrar... me paso al diálogo

        -          Lo que no entiendo es cómo después de todo lo que le ha hecho, va Trueba y le dedica el Goya.
        -          Igual era por los hijos… ¿no?.
        -          Es un cornudo, y ya está. Es que no sólo es que se fuera con Viggo, que a ver, yo lo entiendo, que no hay color… Pero lo de Soldados de Salamina, ¡vamos eso no tiene nombre! Anda, pásame eso, que lo estás haciendo mal.
        -          De todos modos, ha mejorado, ¿eh? Que en Cuéntame no sobreactúa tanto… ¿Qué pasa?
        -          ¿Ves Cuéntame?
        -          Pues sí, a ver qué va a pasar…
        -          No, nada, nada… Parece que ya va habiendo movimiento.
        -          Mira, sí, por ahí vienen. Y deja de poner esa cara. En mi casa se ha visto Cuéntame de toda la vida… ya es la costumbre.
        -          Yo sólo digo que tanto reírnos de Fredo y sus gustos musicales… y de repente llegas tú con esta perlita.
        -          No me… Tío, más cuidado, que lo viertes. Digo, que no irás a comparar a los bizarros esos con Imanol Arias, que es un actorazo.
        -          Serán bizarros, pero Cuéntame es caspa, lo mires por donde lo mires.
        -          Cada día eres más pedante.
        -          Tengo buen gusto, sólo eso. Anda, quítate de ahí, que te van a ver.
        -          ¡Como si no tuvieran otra cosa que hacer! Joder, esto no tiene fin.
        -          Ya te digo, ¡menuda se va a armar hoy! ¿De qué era esta?
        -          No sé, yo ya he perdido el hilo.
        -          Y tan contentos que van… ¿Sabes qué? Las manifestaciones tienen algo ridículo.
        -          ¿Ridículo?
        -          Sí, míralos… tan felices ellos, y eso que saben que se avecina una lluvia de palos. ¿Para qué tanto protestar? Si ya saben cómo funciona la cosa.
         -          A ver, esta gente se piensa que todavía pueden conseguir algo.
         -          ¿Con pancartas?
         -          Yo qué sé, tío.
         -          Mira, por ahí vienen ya las lecheras. Joder, tío, ¡yo pagaba por ver la cara que se le va a quedar a la Botella! Y hablando del rey de Roma… ¿Tú estás ya listo?
         -          Claro, ¿y tú? ¿Ya lo tienes?
         -           A ver qué remedio, manazas. ¿Te encargas tú?
         -          Venga. Pero échate para atrás, que si no va a ser un canteo.
         -          Vale, vale. Oye, todavía no, espera un poco, que se acerquen los anarcas.

         -          Ya, ya… Si están ahí mismo. Pásame el mechero y prepárate para salir cagando leches. ¡Joder tío, esto va a ser trending topic!



Blanca León González



miércoles, 11 de junio de 2014

Somos lo que hablamos

Una vieja tradición afirma que nuestra lengua es nuestra cárcel porque sólo podemos pensar lo que ella nos permite pensar. Si esto es así, cuando aprendemos un idioma extranjero nuestro cuerpo está doblemente encarcelado, y nuestro cuerpo, “es la más originaria fuente de nuestras ocurrencias; nos proporciona ocurrencias perceptivas internas y externas, nos introduce en el ámbito de las necesidades, los deseos, las tendencias, los valores”.





Pero aprender una lengua extranjera también implica una alteración de la propia imagen, la adopción de normas de conducta sociales y culturales distintas, por eso Crookall y Oxford llegan incluso a afirmar que “aprender una segunda lengua es en el fondo aprender a ser una persona social distinta”. El cuerpo ha de someterse de algún modo al código, que sirve como analizador y que nos ofrece la posibilidad de hacer objetiva, pensable esa realidad esquiva que se llama yo. La propia subjetividad es, por tanto, una de las realidades que el sujeto puede manejar con mayor o menor pericia gracias al lenguaje, pero esta mirada reflexiva necesita, sin duda, ser guiada por el código.

Extraído de: "Construir(se) con la palabra: textos y 
pretextos para la escritura creativa" (Isabel Iglesias Casal).



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