lunes, 7 de julio de 2014

Cosas que se escriben tras perderse en Spotify


Lo bueno de trabajar en una cafetería es que puedes beber gratis todas las tazas que quieras, siempre y cuando esa cafetería no sea un Starbucks. Jero se consuela diciendo que aquí viene gente mucho más guapa, yo prefiero pensar que estas bebidas tan fotogénicas contienen sustancias altamente cancerígenas y que nuestros superiores nos hacen un favor al obligarnos a pagar cuatro euros por cada una. Lo cierto es que a pesar de los horarios,  de la sonrisa puesta con pinzas y del rotulador que, pase lo que pase, siempre se me acaba destintanto, aquí no se está tan mal. Podría ser peor, podríamos estar en el centro.

Pasadas las horas puntas llegotardealtrabajoponmeelcaféde-unaputavez, estamos bastante tranquilos, y eso hace que ser amable con los clientes sea mucho más llevadero, sobre todo si has tenido el tiempo suficiente para darte cuenta del grupo al que pertenecen. Jero y yo hemos establecido unos cuantos: los funcionarios del desayuno, las mamás modernas, los adolescentes aspirantes a hipsters, los escolares extranjeros amantes del frapuccino, la hembra dominante y su pareja… La clientela de estos locales es fácil de identificar.

Como la chica a la que acabo de servir. La clienta perfecta para Jero. Un café latte, por favor. ¿Pequeño o grande? Pequeño ¿Algo para acom…? No, gracias. Estudiante. ¿Tu nombre? Raquel. Rebusca las monedas en su enorme bolso. Estudiante. ¿La clave del wi-fi? En su ticket. Recién llegada a la ciudad. Si tiene problemas para conectarse, me avisa. Busca asiento y espera el café mientras se ata las Converse. Estudiante. Raquel, por favor. Se echa dos azucarillos y se guarda otros dos en el bolso. Estudiante. Vuelve a su asiento, sola. Recién llegada a la ciudad. Abre su ordenador, un Mac, se recoge el pelo en una coleta, y en cuanto comienza a mirar la pantalla se olvida de la taza.

Con octubre comienza la época favorita de Jero. En este mes confluyen una serie de factores que provocan un incremento notable en su vida social: las noches cada vez más largas, las lluvias cada vez más frecuente, y la gran afluencia de sus clientas vips, como Raquel, que acuden a nuestro local recelosas de lugares más extraños y miran por la ventana lamentándose de que su recién estrenada vida en la capital se parezca tan poco a la de Carrie Bradsaw. Yo no suelo entrar en el juego, prefiero buscar la satisfacción de mi ego y mis ganas en otros lugares.

Por eso no entiendo por qué se me pasa por la cabeza que esta vez quiero que la cosa sea distinta; que Raquel deje de escribir o de mirar el Iphone y se seque los ojos, que acabe su café antes que la sesión de wifi, que recoja sus cosas y se marche antes de que Jero empiece su turno. O quizá quiero que sea más diferente aún y que se vaya ya, que se vaya ya y que justo antes de cruzar la puerta se vuelva a la barra y me pregunte cómo llegar a… o dónde encontrar un… y así poder decirle que acabo el turno en quince minutos y que...
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- ¿Oye, cariño, nos pones dos capuccinos y un mocca?
 - Ahora mismo, el mocca ¿grande o pequeño?



Blanca León González







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